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Estamos en plena Edad Media. Tiuri, un joven de sixteen años, ha hecho méritos para ser nombrado caballero del rey Dagonaut. l. a. noche anterior a su nombramiento, mientras vela las armas en una capilla, escucha llamadas que vienen del external. Incumpliendo las normas que los angeles Caballería establece para esa noche (no hablar, no moverse del lugar o no hacer caso de los ruidos extraños), el joven make a decision salir afuera: alguien pide ayuda para que se dé al Caballero Negro del Escudo Blanco una carta de suma importancia que ha de llegar urgente al rey Unawen. Cuando Tiuri localiza al Caballero lo encuentra agonizante, y entonces acepta ser él mismo quien entregue los angeles misteriosa carta al rey, aunque se trate de una misión demasiado arriesgada. Sólo tras vivir múltiples y peligrosas aventuras descubre Tiuri el contenido de esa carta. Además, ¿podrá después de tanto esfuerzo ser finalmente nombrado caballero?Carta al rey (1962) fue elegido en su día en Países Bajos el mejor libro infantil del año. El five de octubre de 2004 Tonke Dragt recibió por esta misma obra el «Griffel der Griffels» (el Premio de los Premios), que lo reconoce como el mejor libro infantil de los últimos 50 años.

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Se te nota, hijo mío –dijo el hermano Laurentius compasivo. Tiuri les hizo creer que su aspecto period consecuencia del encuentro con los ladrones. –Hay que hacer algo al respecto –dijo el hermano Martín frunciendo el ceño. Y dirigiéndose a Tiuri añadió–: Creo que ya no tienes nada más que temer. Los ladrones nunca se acercan tanto al límite del bosque. Además, parece que ya no pueden robarte mucho más. «¡Mucho más! », pensó Tiuri, pero no dijo nada. –Pero no sólo temes a los ladrones –dijo el hermano Martín–. Hay algo más, ¿no es cierto? –¿Por qué piensa eso? –preguntó Tiuri. –No me parece que seas cobarde, y ya no tienes muchas razones para temer a los ladrones, menos ahora, a l. a. clara luz del día. Así que hay algo más. –¿Tienes l. a. conciencia tranquila? –preguntó el hermano Laurentius. –Sí –contestó Tiuri–, creo que sí... Estoy seguro. –Entonces no tienes nada que temer –dijo el viejo monje. –Olvídalo al menos durante un rato –comentó el joven. Señaló hacia delante y añadió–: El bosque es hermoso, hace buen tiempo y es un bonito día. Siguieron andando y, en efecto, el miedo de Tiuri desapareció, pero seguía estando alerta. Después de una hora más o menos, el hermano Martín le preguntó si tenía hambre. ¡Vaya que si l. a. tenía! Pero Tiuri dijo educadamente: –Sí, hermano Martín. –Teníamos que haberlo previsto –dijo el hermano Laurentius–. A este joven ya no le queda nada y tampoco comida, claro. Se sentaron al borde del camino y los monjes compartieron su pan con Tiuri. Después continuaron. Los monjes hablaban a ratos entre ellos, sobre su trabajo en los pueblos vecinos, sobre plantas que veían crecer a lo largo del sendero. También hablaban con Tiuri, pero no le hicieron ninguna pregunta. Por los angeles tarde volvieron a descansar y comieron algo. –Seguro que llegamos a casa a tiempo –dijo el hermano Laurentius, satisfecho cuando volvieron a continuar l. a. marcha. –¿Cuál es tu destino? –preguntó a Tiuri el hermano Martín. –El río Azul –contestó el joven. –El río Azul... Junto a su nacimiento vive un ermitaño –dijo el hermano Laurentius pensativo–. Se llama Menaures. ¿No es así, hermano Martín? –Sí, Menaures –contestó–. Es muy sabio y muy anciano. Antes había peregrinos que iban a su cabaña en las montañas. –¿Lo conocen? –preguntó Tiuri con mucho interés. Los monjes negaron con los angeles cabeza. –El padre Hyronimus lo conoce –dijo el hermano Laurentius–. Nuestro abad. –¡Ah! –exclamó Tiuri. –Puedes pasar l. a. noche con nosotros –dijo el hermano Martín. –Me gustaría, si es posible –aceptó Tiuri agradecido. –Los viajeros valientes siempre son bienvenidos –dijo el hermano Laurentius. –Me llamo Tiuri –confesó el joven de forma impulsiva. El hermano Martín sonrió y el hermano Laurentius le hizo un gesto de aprobación con amabilidad. El joven preguntó a los monjes si habían visto gente en el bosque. No, no se habían encontrado con nadie. Sí habían oído toques de cuernos en los angeles lejanía. Entretanto el sol ya había completado una gran parte de su viaje diario. Parecía estar en el oeste al ultimate de su camino. Para los tres viajeros period como si anduviesen por un pasillo en penumbras; delante de ellos veían un trozo de cielo dorado rodeado por una oscura arboleda.

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